Movimiento y endorfinas o sedentarismo y estrés.

Últimamente es frecuente encontrar en prensa o escuchar en radio noticias que hacen referencia al tema de la ansiedad y el estrés.

Son diversos los motivos que llevan a un número creciente de jóvenes y adultos a estar en situación de riesgo en este sentido: los problemas familiares, laborales, la competitividad, los exámenes, llevan a muchas personas a sentirse cansadas, tristes, sin fuerzas, o sin ganas de salir. Muchos pierden el brío, la vitalidad, bajan sus hombros y su mirada, encorvan sus espaldas, arrastran los pies por la vida, sin entusiasmo, sin proyectos, sin interés, y se meten en la dinámica de una vida sedentaria que no les ayuda a resolver sus problemas, sino que, por el contrario, los acrecienta.

El MOVIMIENTO es la respuesta sana a estos problemas.

Hagamos un recorrido por el desarrollo humano. Voy a dividirlo en cuatro etapas:

  • Primera infancia
  • Segunda infancia
  • Adolescencia
  • y etapa adulta.

Durante los primeros años de la vida, más o menos hasta la etapa prescolar, los niños, parecen haber hecho un pacto con el movimiento. Son asalariados a jornada completa. Desde que se despiertan hasta que se duermen su actividad es casi frenética. No paran de moverse, van de un lugar a otro, descubren, juegan, dan volteretas, se sientan y levantan cientos de veces, corren, gatean, reptan…

Y… ¿qué esta pasando mientras tanto en sus cerebros? Pues que se están produciendo cientos de conexiones neuronales que son la base del aprendizaje humano. Y, además, a través de este movimiento, se está generando la hormona que les produce el bienestar, la hilaridad, las ganas de reír, gritar, hacer aspavientos, simular, imitar y soñar: las endorfinas.

Es bien conocida la conexión entre endorfinas y movimiento; y entre este y la salud física y mental. Las endorfinas son una “defensa emocional”. Los párvulos también tienen problemas, pero su actividad física les protege.

Cuando llegan a la segunda infancia, los rigores de nuestro sistema educativo llevan a nuestros niños a pasar largas jornadas escolares “todos sentaditos sin moverse”. Así, desde los seis años hasta los doce, aproximadamente, su movimiento va siendo contenido. Poco a poco se van sustituyendo horas de actividad física por horas de estudio. En muchas ocasiones los niños no salen al patio porque no han terminado una ficha, no hacen actividades extraescolares deportivas porque han suspendido, o no van a baile porque tienen que hacer los deberes. Como si el movimiento y los beneficios que genera fueran moneda de cambio.

Si queremos infantes felices, cooperativos, activos, vitales, debemos potenciar su movimiento porque es el origen de su salud. Dejarles sin actividad física es el mayor perjuicio que se les puede ocasionar.

Hoy en día sabemos, a través de investigaciones punteras sobre el cerebro, que la relación entre ejercicio físico y ejercicio cognitivo es bidireccional. El movimiento mejora los procesos mentales superiores de atención y memoria, pero sobre todo, mejora la función ejecutiva, encargada de programar acciones, de conseguir objetivos y tomar decisiones.

Recientemente se ha publicado un interesante artículo sobre el tema en Frontiers in Human Neuroscience en donde se expone que la autorregulación de nuestra conducta depende, al menos en una parte importante, del movimiento.

Esquema Función ejecutiva

Cuando estamos más activos a nivel físico, estamos más activos a nivel mental y esto nos lleva a tomar decisiones más certeras. Una de las mejores decisiones que se pueden tomar es la de cuidar el cuerpo y la mente.

Con el inicio de la adolescencia, y tras bastantes años de ir mermando las posibilidades de moverse en aras de la posibilidad de estudiar, muchos chicos y chicas ya no tienen actividad física. Sus cuerpos están cambiando y algunos asisten sorprendidos al incremento de su peso. “Porque no me muevo engordo, porque engordo no me muevo”. En esta etapa aparece, si es que no lo ha hecho antes, el monstruo del sedentarismo.

El sedentarismo es como Chuqui, el muñeco diabólico. Nos sonríe, pero ataca. Es el origen del sobrepeso, la obesidad, los dolores articulares, las jaquecas, la ansiedad. El sedentarismo es el enemigo de la sonrisa, del bienestar, de la vitalidad y tiene repercusiones graves sobre la salud.
Esto que está ocurriendo en las sociedades occidentales es imperdonable. Me pregunto cómo es posible que asistamos impertérritos a esta pandemia que nos amenaza.

Ante enfermedades infecciosas la sociedad reclama medios, plantas de hospitales blindadas, mascarillas, o guantes herméticos. Me parece correcto: nadie se quiere contagiar. Sin embargo, ante la enfermedad considerada crónica de la obesidad, no reaccionamos. Se trasmite de forma callada. Y mientras, los niños, los adolescentes y los adultos que les rodean, siguen pensando que la educación física es “una maría”.

Y por ultimo, tras la adolescencia entramos de lleno en la etapa adulta. El círculo está cerrado: tras un montón de años sin movimiento, el adulto ocupado y atareado, no tiene un momento para sí mismo. Va posponiendo su actividad, hasta que la vida le pasa factura y la salud física o mental se ven afectadas. Amas de casa, abogados, fontaneros… Da igual. Es frecuente que nadie tenga tiempo ni para pasear.

Desde aquí quiero hacer una reflexión.
Mi propuesta es exacta a la de muchas otras personas: profesores, médicos, gente común, como cualquiera de nosotros que, conscientes del problema, abogan por realizar una oferta de actividad física más potente desde el inicio de la etapa educativa.

Desde los tres años hasta los diecisiete, todos los niños y niñas de nuestro país, deberían considerar el deporte como algo imprescindible en sus vidas. La mascarilla aislante que les protege de enfermedades físicas y mentales. Y para ello, yo ampliaría la oferta de actividad en los colegios. Proteger a la infancia del sobrepeso y la ansiedad es necesario.

Pero como los chicos son diferentes y no todos tienen aptitudes para deportes de competición, algunos necesitan otras opciones. Se deberían ofertar en los centros educativos clases de natación, baile, pilates y yoga. Es más, si por mi fuera, estas actividades deberían ser parte del currículo escolar.

Pilates y yoga no es solamente una oferta para personas mayores estresadas, es una oportunidad para practicar la atención corporal, el autocontrol, el equilibrio, la calma. Hay estudios que muestran el beneficio que estas prácticas generan en niños y adultos hiperactivos e impulsivos. Aprenden a respirar, a relajar, a concentrarse en la pausa y disfrutar de ella.

El baile activa partes de nuestro cerebro asociadas a la melodía, el ritmo, la orientación. Cuando se baila, no para conseguir la perfección, eso es otro tema, sino solo por bailar, por expresar con el cuerpo, se genera la risa, el confort. Y esto también mejora la calidad de vida.

La natación activa constantemente ambos hemisferios cerebrales en un marco relajante, placentero. Aprender a flotar es recordar nuestros orígenes, porque durante nueve meses flotamos protegidos en el vientre de nuestras madres.

En definitiva, la propuesta es abrir el abanico de las actividades físicas durante el crecimiento, porque esto ofrece a nuestros escolares la oportunidad de automatizar algo que les va a beneficiar el resto de sus vidas.

Podemos entrar en La Danza de la inactividad, el sedentarismo, el sobrepeso, la ansiedad.

O podemos entrar en La Danza de la vitalidad, los proyectos, el relax, la risa y la felicidad

Sedentarismo y EstrésSedentarismo y Estrés

La Danza será la misma y el círculo de la vida igualmente se cerrará, pero los Colores serán distintos.

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