El cerebro, ese gran desconocido

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El cerebro, ese órgano de nuestro cuerpo tan bien protegido por nuestro cráneo y por una serie de finas, pero fuertes membranas que lo cubren, es la clave de la mayoría de los sucesos de nuestra vida.

No sería oportuno decir que es la estructura esencial del sistema nervioso central, ya que todas las estructuras son esenciales, y cada una de ellas cumple una función única e insustituible, pero sin él no hay vida.

Pues bien, dentro de nuestro cerebro, de ese pequeño, pero gran órgano que poseemos y que es una verdadera obra de la naturaleza, se dan miles de conexiones a diario. Por este motivo, podemos movernos, podemos expresarnos, comprender lo que nos dicen, recordar lo que nos pasó hace años, percibir a través de nuestros ojos un paisaje bonito, escuchar una melodía o sentir una caricia. El cerebro, como parte integrante del sistema nervioso, es la clave de nuestro comportamiento y el lugar donde encontramos la respuesta a muchas de las interrogantes que nos planteamos cada día.

Durante unas cuantas décadas la psicología ha tratado de explicar la conducta del niño, del adolescente o del adulto, en base a una serie de acontecimientos que han ido conformando las tendencias de cada uno. Sería muy arriesgado por mi parte negar que dichos acontecimientos influyen en nuestra conducta, pero pienso que más que estos, lo que verdaderamente da respuesta a todos ellos, es el sustrato neurobiológico que lo sustenta. Es decir, cada uno de nosotros somos, entre otras cosas, la consecuencia de nuestro cerebro.

Muchos padres se preguntan por qué cada uno de sus hijos es diferente habiendo recibido la misma educación, y cuando comienzan las dificultades, se pasan años culpándose a sí mismos por los errores cometidos, o culpándose entre ellos por las equivocaciones de unos u otros.

Por otro lado, cuando un niño no es capaz de adquirir los conocimientos que le imparten en el colegio y no mejora en su lectura, en su escritura o en su razonamiento matemático, es inatento o desconsiderado con sus iguales, los padres piensan que el niño es vago o maleducado, igual que lo fue alguno de sus tíos o de sus primos, o piensan que el centro al que lo llevan no es el adecuado.

Tenemos la tendencia a buscar las causas de todas estas cuestiones “fuera de”, cuando en realidad la clave está “dentro de”. Es dentro de cada sujeto, de cada niño, adolescente o adulto, en donde están las respuestas.

Por ello, cuando surgen las problemas, sean emocionales o académicos, es necesario averiguar qué resorte de nuestro cerebro los está motivando. Si esta es nuestra línea de investigación para solucionarlos, habremos contribuido a que muchos padres se relajen, dejen de culparse a sí mismos o a terceros; habremos contribuido a dar una explicación que mejore la relación entre padres e hijos, alumnos y profesores.

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