El otro día uno de mis pacientes me preguntaba ¿Qué es el estrés?

Me lo preguntaba  mientras se removía en la silla, interrumpía  mi discurso constantemente, se pasaba la mano por el pelo, se quitaba las gafas una y otra vez, e incluso, a veces, parecía no estar atendiendo a la conversación.

Era la imagen viva del estrés, del nerviosismo, la intranquilidad.

El estrés es la forma de interpretar la vida.

Esta ya viene cargada de acontecimientos que, indefectiblemente, nos agobian, nos someten, nos dominan.

La vida, está llena de situaciones incontrolables. Nadie despierta un día y planifica: “Voy a discutir con mi pareja”. O “voy a meterme en un atasco que me haga llegar tarde a una reunión”. O “voy a contraer un virus que me deje postrado un mes en la cama”.

En fin, nadie planifica su propia desgracia.

Sin embargo, le dedicamos una gran parte del día, porque  la preocupación, la anticipación, o la prisa, son una forma de buscarnos una desgracia. El  desgaste al que estamos sometidos, al final,  pasa factura. Se convierte en problemas de sueño, irritabilidad, mal humor, inestabilidad, sensación de desasosiego.

Salir de esta situación  lleva, en ocasiones, a plantearnos tomar alguna medicación que atenúe los efectos de esta permanente activación. Así, navegamos entre la tormenta y la calma. Algunos momentos del día somos zombis, se nos entrecierran los ojos, nuestra boca permanece abierta más tiempo del normal y tenemos una actitud indolente, de pasotas, como si nada nos pudiera alterar. Pero dicha medicación, muchas veces necesaria, no nos enseña nada. No trasforma nuestra actitud ante los acontecimientos del día.

El cambio solamente parte de la reflexión, de la introspección y, cuando es necesario, de la terapia.

Todas las investigaciones que se refieren al tema del estrés dicen que, ante una situación de peligro real, nuestro cerebro está preparado para huir o para atacar. Si así no fuera, el ser humano habría desaparecido de la tierra. Huimos cuando somos conscientes de que vamos a perder, atacamos cuando nos sentimos capaces de defendernos.

Nuestro cerebro, más desarrollado que el de otras especies, nos permite crear alternativas distintas ante cada situación que vivimos. Necesitamos un nivel determinado de activación para cada una de ellas. Instintivamente, sabemos lo que debemos hacer para no arriesgar, para no ponernos en un peligro mayor.

Pero el problema no está en lo que hacemos ante una situación de peligro real, el problema, el motivo por el que las personas hoy en día nos sentimos estresadas y angustiadas, está en que vivimos como un peligro real cada momento del día.  Ni siquiera cuando estamos tranquilos, nos sentimos tranquilos, porque rellenamos esos momentos con un sin fin de pensamientos intrusos que nos generan desasosiego.

Si nos dedicamos a recordar y recrear el pasado. A revivir los momentos difíciles y actualizarlos de forma insistente, para que nos sigan doliendo.

Si destacamos los aspectos negativos del trabajo, la hipoteca, las vacaciones, las relaciones sociales y familiares.

Si nos dedicamos a anticipar, a predecir el futuro, y rellenamos los minutos del día imaginando problemas, vivencias inadecuadas, con culpables e  inocentes, con rabia, tristeza y todo un amplio abanico de emociones negativas.

Si nuestra vida es sedentaria, no caminamos, bailamos o practicamos deporte y las endorfinas, hormonas del bienestar, aburridas de tanta inactividad, se nos acaban adormilando.

Si no tenemos ilusiones o proyectos, nos gana la partida la desidia, el desinterés, la apatía y no estudiamos o aprendemos.

Si nuestros afanes son exagerados y poseer algo es más importante que disfrutar con lo que tenemos.

Si nuestro sistema nervioso no se recupera, permanece encadenado a  todos estos fantasmas, y el cortisol, hormona del estrés, campa a sus anchas por nuestro cerebro, activando los resortes que nos preparan para la huída o el ataque, cuando no hay nada que justifique estas acciones….

En definitiva, si las cosas se nos están yendo  de las manos, antes de hacernos daño a nosotros mismos, debemos tomar medidas.

Todas las personas que me rodean tienen problemas, lo que diferencia a unas de otras es su forma de afrontarlos.

Para combatir el estrés y no caer en estados de ansiedad,  es imprescindible centrarse en el presente, hacer ejercicio físico y mental.

Cuando no somos capaces de realizar estos esfuerzos por nosotros mismos, tenemos que pedir ayuda: acudir a terapia.

La terapia es una situación de aprendizaje.

Hoy en día sabemos que a través de la misma se establecen nuevas redes neuronales que determinan el cambio. Nuestro cerebro es plástico, sabe adaptarse. Podemos entrenarnos en unos “ejercicios” que nos hagan más felices.

images (1)También sabemos hoy en día, a través de múltiples investigaciones, que durante el proceso terapéutico, mientras aprendemos conceptos como “atención plena” o conciencia del presente y aprendemos a planificar nuestras acciones antes de cometer errores, mientras que meditamos o buscamos espacios para la reflexión, se activan zonas cerebrales encargadas del procesamiento de las emociones positivas. Esto, evidentemente, genera un beneficio que no nos debemos perder.

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2 Responses

  1. 20 junio, 2016

    […] grupo saben que siempre van a encontrar respuesta a sus dudas, a sus inquietudes, a sus momentos de estrés y ansiedad; respuesta a sus temores, a sus anticipaciones y […]

  2. 7 septiembre, 2016

    […] el exceso en la oferta de comida, el sedentarismo, el cambio en los hábitos de vida, los niveles de estrés y ansiedad, y/o los intereses de las industrias alimentarias, están contribuyendo a que el […]

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